Sedientos de amor


Hay que apostar siempre al amor

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Funciona para mí

Inicio un sueño acariciado desde hace unos cuantos años. Escribir sobre algunos aspectos  más allá de lo que se ha convertido un área de experticia: la comunicación, el periodismo y la política. Me arriesgo a transmitir algunos aprendizajes que he acumulado en lo que llevo de vida. Serán 52 entregas, una por cada domingo de este 2014. Lo Aunque este año trae 53 domingos,  decidí pasar lisa el primero.
Estas notas no pretenden pontificar sobre qué hacer o no, qué es correcto y mucho menos sobre el bien y el mal. He aprendido que los juicios y los prejuicios son la antesala a la infelicidad y al desencuentro. Tampoco pretendo que sea algo modélico. Quiero presentarlo como un intercambio de experiencias. Algunas acciones han funcionado para mí, pero eso no quiere decir que les funcionen a otros. Eso sí, las puertas están abiertas para que me hagan sus comentarios. Escriban a luzmereyes@gmail.com y en el asunto coloquen Foco de Luz. Ademas nos veremos en http://www.elfocodeluz.wordpress.com

Si llegaste hasta aquí, puede que te interese el resto. Aquí va.

La mayoría de nosotros hemos consumido historias de amor, ya sea en musicales, obras literarias, películas, telenovelas y en la vida real. En general, cuando hablamos del tema solemos enmarcarlo en el ámbito de pareja.  Mientras los “consultorios del corazón” se llenan de pacientes por los distintos retos que implica hallar el alma gemela o la persona ideal, tenemos al alcance la maravillosa posibilidad de amar y recibir beneficios de ese sentimiento, más allá del placer sexual, la compañía o de la sensación de cercanía que brinda alguien en particular.

Es usual  esperar que nos amen. Como afirma el filósofo y psicólogo Erich Fromm, en el fondo, todos estamos sedientos de amor.  Hay varias frases reveladoras que he convertido en mantras en defensa de dar amor sin esperar nada a cambio. Hablaré sobre un par que me ofrecieron dos amigos. La primera es de una colega periodista, a quien llamaré la Chispa Marabina, con quien solía compartir mis desventuras. Una vez muy resentida afirmé: “¡Tiro la toalla! No me meto en eso de estar queriendo a más nadie”. Y ella sabiamente me apuntó: “Al contrario, siempre hay que apostar al amor”.  La otra frase esclarecedora vino de uno de mis mejores amigos y paño de lágrimas, a quien llamaré el Filósofo de Manoa: “Cuando uno ama debe ser capaz de amar por los dos”.  Con el tiempo descubrí que ambos estaban en lo cierto y que, como afirma Albert Camus –uno de mis escritores preferidos–, no ser amado es una simple desventura, la verdadera desgracia es no saber amar.

De a poquito he ido atisbando la complejidad de ese mandato casi universal de las doctrinas espirituales, religiones y corrientes místicas que ahora es corroborado por la neurociencia y la psicología.  Amar al prójimo como a sí mismo  tiene mucho más de sensatez y ofrece más recompensas de lo que solemos pensar.

Empecemos por amarse a uno mismo. Los abuelos siempre nos han dicho que nadie puede amar a otro si primero no se quiere.  Paracelso aseguraba que “cuanto mayor es el conocimiento inherente a una cosa, más grande es el amor”. Y sí, para mí suena lógico invertir tiempo en la autoexploración y apreciar, incluso con sus claroscuros, a ese humano que somos. Así, mientras más te amas de buenas maneras, mayor es la capacidad que tienes de amar al prójimo (también a tu país, la naturaleza, los animales, todo lo que haces), de entenderlo, comprenderlo, tolerarlo y  perdonarlo, como lo puedes hacer contigo mismo. Los espíritus más evolucionados  son capaces de amar a sus “enemigos” porque entienden que, como enseñan los maestros kabbalistas, cuando comes una manzana que está verde, la culpa no es de la fruta, sino que ésta aún no había alcanzado la madurez necesaria.

Todavía no he llegado hasta ese nivel de desarrollo, pero sí sé que permitirnos expresar  el amor por los otros, sentirlo y cultivarlo, te llena de muchas satisfacciones. Mi aprendizaje es que mientras  estamos conscientes de que queremos llegar a ese estadio superior, podemos apreciar mejor lo que nos rodea y podemos estar más inclinados a realizar gestos de desprendimiento que, les aseguro, aunque cuestan al principio, una vez que los practicas, recibes unas cuantas dosis de “hormonas del bienestar” que te hacen sentir mejor. Lo sabían los antiguos, ahora lo afirman los científicos y yo lo he podido comprobar en carne propia: cuando das sin esperar nada a cambio, empiezas a descubrir que es muy cierta la máxima según la cual  es mejor dar que recibir.

NOTA:

F

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