Venezuela en el laberinto de la historia, por Aglaia Berlutti


Con frecuencia, la política en Venezuela se divide en antes y después de la aparición de Hugo Chávez Frías en el panorama Nacional, lo cual no deja de ser una imprecisión histórica. Porque aunque chavismo construyó una nueva propuesta sobre lo que asumimos como relaciones de poder — y más allá, analizamos como esa idea fundacional de Estado y Gobierno que en Venezuela no parece estar muy clara — en realidad el proceso de reformulación del poder en Venezuela comenzó con Carlos Andrés Pèrez. Y para ser aún más precisos, con su segunda presidencia.

Es una idea que suele irritar al oficialista promedio, que asume el Chavismo como una franja muy concreta entre el antes y después de la identidad social del Venezolano. También lo es, para el opositor que asume que los cuarenta años de democracia partidistas previos al mandato del Hugo Chávez, es responsable absoluto del panorama actual que padecemos, sin hacer distingo de una serie de hechos históricos puntuales que delinearon el actual panorama político. Y no obstante, es necesario asumir que la ruptura histórica, la real, la que alumbró el socialismo a la Venezolana que el chavismo reinvidica como ideología, nació a partir de una serie de cambios críticos y determinantes en la historia reciente del país. Olvidarlo o en el peor de los casos, ignorarnos, nos convierte en victimas de nuestro propia herencia social.

Y es que cuando se analiza la Venezuela previa al Chavismo — el país en debate, en pleno enfrentamiento entre un sistema moribundo y otro a punto de nacer — la gran conclusión a la que se llega es que lo que actualmente sufrimos era cuando menos, irremediable. Por supuesto, la administración del Estado como un elemento ideológico, la violencia desde el poder y como medio de preservación de los espacios de lucha política, es parte de esa visión cuartelaria y esencialmente jerarquica del chavismo, basada en su herencia militar. Pero esa necesidad del Líder carismático y la transformación del Gobierno en un vehículo de lucha social, es probablemente el legado — con toda la connotación tramposa que actualmente puede darse a la palabra — de una Venezuela donde se concibió al Estado como un medio de construcción de una identidad política y no, una interpretación esencial del sustento del poder como una idea ciudadana. De allí, la orfandad actual del Chavismo y sobre todo, el lento desmoronamiento del país que carece un sustento ideológico real. En otras palabras, las grietas culturales y sociales de Venezuela crearon un líder que simbolizó un proceso que de hecho comenzó mucho antes, una deuda histórica que el Chavismo capitalizó y transformó en capacidad de maniobra política y electoral. No obstante, la concepción del Chavismo — como fuerza política y posteriormente social — no es obra del carisma de un Chávez en estado de Gracia, sino de un país que asimiló los cambios y reaccionó a la medida de su interpretaciones históricas.

¿Y cuales serían esos hechos que marcaron el nacimiento del Chavismo? Como dije, la mayoría de ellos ocurrieron durante la segunda presidencia de Carlos Andrés Pérez, aunque durante las décadas anteriores, el caldo de cultivo de un reclamo social insistente estuvo allí, al margen de la política tradicional. Pero fue durante la Presidencia del Pérez, que la estructura de poder tuvo las grietas suficientes como para permitir el lento proceso de desgaste que dio por resultado, el nacimiento de un proceso cultural con tintes ideológicos. Y serían los siguientes:

Carlos Andrés Pérez, presidente: Ese hombre ya no camina tanto.
Carlos Andrés Pérez fue un presidente de ruptura. En su primer período presidencial, literalmente transformó la industria petrolera en la principal fuente de ingresos de un país hasta entonces Rural. No en vano, se solía llamar al país durante su mandato “Venezuela Saudí”, por el enorme flujo de petrodolares de los que disfrutó debido a lo que se llamó “La crisis del petróleo de 1973″ y que fue la consecuencia directa de la decisión de Organización de Países Árabes Exportadores de Petróleo (que agrupaba a los países árabes miembros de la OPEP más Egipto, Siria y Túnez) con miembros del golfo pérsico de la OPEP (lo que incluía a Irán) de no vender crudo a los países que apoyaron al Estado de Israel durante la llamada Guerra del Yom Kippur. El resultado fue inmediato: Venezuela se convirtió en el principal mercado emergente para los mercados que padecían el veto, lo que brindó una improbable y súbita bonanza económica al Estado.

Carlos Andrés Pérez, recién investido como Presidente constitucional del país, capitalizó la crisis con dos decisiones importantes y que signaron su visión sobre la política y la economía: Nacionalizó la Industria del petróleo — hasta entonces en manos de consorcios extranjeros y socios internacionales — lo que permitió que las ganancias netas de la bonanza económica fueran a parar al fisco público. El Gobierno de Pérez también fue conocido por lograr robustecer el comercio nacional, el empresariado y la naciente clase de media. Una visión de prosperidad que el país jamás había conocido y que quedó unida a su nombre de manera indeleble.

Y es que para muchos de los votantes que lo llevaron a su segunda Presidencia en el año 1989, Carlos Andrés Pérez era sinónimo de bonanza económica. Un hombre capaz de lidiar con la importante grieta económica que los gobiernos de Herrera Campins y Jaime Lusinchi habían provocado durante sus respectivos lustros. Y es que tanto uno como otro, habían convertido al estado en una maquinaria burocrática que desplomó los indicadores económicos y sociales de un país que aún continuaba disfrutando de una cuantiosa renta petrólera. Fue la época del desencanto, de las primeras fricciones sociales y las escaramuzas del poder con el ciudadano de a pie. La izquierda histórica y hemisférica era tan temida como estigmátizada y su poca representatividad en el Universo electoral les marginó a una lucha callejera dispersa y desordenada. Eso y a pesar que Carlos Andrés Perez contradijo la llamada “doctrina Betancourt” y restableció relaciones con Cuba y lo que la Isla podía simbolizar en el aspecto ideológico.

Así que Carlos Andrés Pérez asume el poder envestido de una aura de autoridad y de milagro que creó enormes expectativas en un país empobrecido y confusamente consciente de su riqueza. Un país que avanzaba hacia la industrialización a marchas forzadas y que había disfrutado de una época de enorme crecimiento urbano y cultural. No obstante, Carlos Andres Perez falló en el método y en la apreciación. Muy pronto quedó demostrado que su visión pragmática sobre la realidad económica de Venezuela, equivocó el momento histórico y transformó su Segunda presidencia no sólo en un fértil terreno para la construcción de una nuevaa visión política sino además, en el semillero de lo que despues se llamaría “La Revolución Chavista”.

Un paquete tramposo: Miguel Rodriguez y el deber ineludible.
Como buen pragmático, Carlos Andres Pérez encajó la crisis económica del país como una situación que debía ser solventada de raíz. Disfrutando de una importante cuota de popularidad y sobre todo, de la confianza de un electorado que asumió su Presidencia como una esperanza renovada sobre el futuro del país, decidió la aplicación de una serie de medidas que solventarían — o al menos lo intentarían — el gravísimo bache económico que padecía la nación. De manera que encargó a Miguel Rodriguez, reconocido economista, que como jefe de CORDIPLAN (Oficina de Coordinación y Planificación, antecesora del Ministerio de Planificación) y presidente del Banco Central de Venezuela) llevara a cabo los ajustes necesarios para equilibrar los indicadores económicos de la nación. Rodriguez analizó el problema económico Venezolano desde una perspectiva elemental — desde su patrón de consecuencia bursatil y planeamiento financiero — y jamás previó que sus futuras decisiones — contenidas en un durísimo programa de ajuste económico — podrían tener la repercusión social que muy pocos meses después provocaron un violento estallido social.

Y es que quizás el mayor error de Pérez, fue asumir el coste político de las medidas económicas sin predecir su verdadero impacto. No comprender que esta Venezuela sufría un conflicto social silencioso y que se estaba gestando a la sombra. Un país que decepcionado del partidismo, acosado por la burocracia y sobre todo, desconcertado por la súbita crisis que aplastó la prosperidad que su anterior gobierno brindó a respuestas, esperaba una respuesta que renovara la esperanza. Con toda probabilidad Pérez no previó que sus medidas económicas — por otro lado necesarias — serían la puerta abierta a un fenómeno social que devastaría lo que hasta entonces había sido el rostro del país.

Así que, a pesar de las que medidas eran de hecho necesarias para restañar la grave situación financiera que el Gobierno de Lusinchi provocó a nivel económico, su ejecución brindó una razón esencial para lo que se llamó “el despertar de los pobres” Venezolanos.

27 y 28 de Febrero 1989: Una tragedia inevitable.
Si alguien tuviera que definir las tensas jornadas entre el 28 de Febrero y 8 de marzo del 1989, probablemente podría hacerlo a través de sus antecedentes inmediatos. Porque el llamado “Caracazo”, comenzó a gestarse no en las calles, sino en ese complicado intringulis político que desembocó en la serie de protestas y disturbios que brindaron un nuevo rostro político y social al país.

Hasta entonces, Venezuela había sido un país con una considerable estabilidad política, en una región cada vez más complicada y sobre todo, sometida a la presión de numerosas corrientes históricas que exigían una transformación política inmediata. Había ocurrido el histórico plebiscito nacional de Chile, gracias al cual se aprobó una reforma constitucional inédita a la Constitución de 1980, consensuada entre el gobierno y todos los partidos políticos de la época, lo que brindó a Chile lo que allanó el camino a una reconstrucción del país desde sus cimientos. En Colombia acaba de ocurrir La masacre de La Rochela, ocurrida el 18 de enero, que fue el anuncio de lo que luego sería considerado uno de los años más sangrientos de la historia reciente del país. Argentina, recién recuperada de las heridas de la dictadura Militar, sufría las consecuencias de una Hiperinflación de proporciones impredecibles. El continente entero parecía sacudirse en una especie de reestructuración histórica súbita, sin ningún otro origen que movimientos sociales irreprimibles y que de alguna manera, crearon las condiciones para lo que sucedería en Venezuela.

Porque el Caracazo, además de convertirse en el evento histórico que signó un antes y un después en la frágil presidencia de Carlos Andrés Perez, fue el precursor de la llamada “Revolución Boliviariana”. Se asumió como origen de la necesidad de construir una plataforma social que articulara el reclamo y el malestar, el dolor de un país maltratado por la crisis y la violencia. De hecho, Chavez aseguró en más de una oportunidad, que la “Revolución Chavista” fue una consecuencia directa del Caracazo, lo que quizás equivale a interpretar que usufructuó sus consecuencias y más allá, sus implicaciones, en beneficio político. A pesar de la mitología que sugiere que Chavez fraguó el golpe Militar que lo haría parte de la historia reciente del país durante toda la década anterior al Gobierno de Perez, en realidad resulta evidente que Chavez interpretó el malestar social y construyó una propuesta basada en la izquierda tradicional del continente a la convulsión nacional. Innegable además que el Caracazo, con toda su carga simbólica y traumática, echó los cimientos de la necesaria reivindicación social, de esa insistencia en transformar el poder en interlocutor ciudadano. En realidad Chavez, elaboró una idea de país en base a la izquierda, pero teñida con la lucha partidista que el país había padecido durante décadas.

El golpe a la historia: La victoria en la derrota.
Como era inevitable, la inmediata consecuencia del Caracazo fue una inestabilidad política y social que signó las postrimerias del Gobierno de Carlos Andrés Perez. De hecho, el mandato del presidente sufrió un revés irreparable cuando modificó el programa de gobierno, lo cual fue analizado e interpretado como una señal inequívoca de debilidad política. Aún así, Pérez intentó llevar a cabo su programa de reformas, ahora planificados y disimulados detrás de un elemental análisis social, por lo que el El 7 de marzo se decreta la liberación de precios, incluida en el anterior ajuste económico y considerada como imprescindible para estabilizar las variables económicas del país. También se llevan a cabo las primeras elecciones de gobernadores y alcaldes, que aceleran el proceso de desentralización y que brindan palestra política a nuevas voces dentro del panorama nacional. Poco a poco, el panorama político se transforma hasta crear las condiciones idóneas para un liderazgo alejado de las cúpulas políticas tradicionales y que parecía rechazar el partidismo de origen como necesidad para su planteamiento fundacional.

Se dice que el golpe de Estado del 1992 fue más una consecuencia de la creciente desaprobación de la gestión de Perez, la ruptura con el partido Acción democrática, la falta de nuevos liderazgos que una verdadera componenda política y militar. Y es que el Gobierno de Carlos Andrés Perez, herido de muerte por la erosión de su apoyo político tradicional y que jamás pudo recuperarse de lo que supuso una convulsión social del calibre del llamado “Caracazo” se sacudió desde sus cimientos con el fantasma de la subversión militar, exorcizado del paisaje político nacional desde los tiempos de Betancourt. La asonada sorprendió a propios y extraños y además, demostró que la innegable fragilidad política del gobierno de Perez, sufría un cisma político irremediable.

El Cuatro de Febrero del 1992 Venezuela despertó para encontrar que un grupo de oficiales rebeldes formado por mandos medios y bajos, habían intentado tomar por la fuerza el poder central. No lo lograron y de hecho, durante el mismo día, la mayoría de los que habían participado en la intentona se habían rendido a las fuerzas leales al gobierno de Perez. Las pantallas de televisión se ocuparon de mostrar a los grupos de los sublevados detenidos y también, al que se declaró lider de la asonada, un Teniente Coronel desconocido que no sólo asumió frente a las cámaras su responsabilidad sobre el suceso, sino que dejó traslucir, con una única frase, que la asonada tenía la firme intención de insistir en sus objetivos. El “por ahora” de Chavez, pronunciado en el momento histórico correcto y tal vez, en medio de la temperatura social idónea, lo transformó no sólo en un icono de la Venezuela rebelde — que comenzaba a re descubrir la lucha social como medio de expresión — sino además, en el símbolo de las heridas recientes de un país que no terminaba de recuperarse de su tragedia histórica.

Años más tarde, interrogado al respecto, Chavez confesaría que nunca previó la monumental repercusión de su “Por Ahora”. La manera como le convertiría en una criatura mediática y en un líder carismático por derecho propio. No obstante, lo que probablemente si anticipó fue el poder que le brindaría el hecho de mirarse así mismo como un emblema de una ruptura histórica inevitable y que con toda seguridad, su feroz olfato político le mostró con claridad. Cual sea el caso, Chavez, el hombre que construyó una revolución, nació frente a las pantallas de Televisión del cuatro de Febrero del 1992.

Y es que la intentona golpista, que resultó un desastre en cuanto a planificación y careció de verdadera repercusión militar, fue un resonante éxito político para sus instigadores. El evento transformó de manera inmediata el paisaje político del Chavismo: Llevó la necesidad de transformación social a las calles como una necesidad histórica, más allá de la subversión y convirtió a la izquierda en opción electoral, un logro social que sustentó su éxito no sólo en las traumáticas condiciones de la transformación política Venezolana sino en sus consecuencias. Una visión de un país recién nacido a una visión alternativa de su realidad histórica y lo que resultó más desconcertante, de si propia identidad como nación.

Durante quince años, Venezuela se ha mirado así misma como el resultado de un proceso de antagonismo político, fruto inmediato de una interpretación social contradictoria. Un enfrentamiento caótico entre dos visiones de países irreconciliables. No obstante, lo que hoy somos — como nación, como identidad social — no son más que piezas de un intricando rompecabezas histórico que se creó con esa lentitud de lo impensable y lo que resulta en ocasiones más inquietante, de lo justificable. Al final, la Revolución Chavista y sus implicaciones sociales, parecen ser parte del olvido selectivo del panorama reciente. La identidad de un país adolescente incapaz de mirarse así mismo como una consecuencia de sus propias heridas y dolores. El país a medio construir.

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