Así vivieron los niños las guarimbas en Chacao

En una entrevista realizada a 40 niño -entre 5 y 12 años- para que hablaran de cómo los afectó la conflictividad en el municipio Chacao por los acontecimientos ocurridos a principios de año, resultó que ninguno salió ileso. Todos tenían una historia que contar. Dramáticas, unas; divertidas, otras. Pero al final, marcadas por el sino de la violencia y la inseguridad.


Laura Weffer Cifuentes – Roberto, 8 años, le pidió a su mamá que llamara a su tío Victorino. Tomó el Blackberry entre sus manos, escuchó pacientemente el tono más largo y esperó a que cayera la llamada. “Aló, tío. Quería darte las gracias por haberme dejado estar en la guerra”.

El niño de ocho años se refería a las tres horas que vivió en un apartamento de la avenida San Ignacio, en Chacao, mientras se enfrentaban manifestantes y Guardia Nacional Bolivariana (GNB). Desde la ventana escuchaba las detonaciones, los gritos, los insultos. Se hacía tarde y su mamá tenía que llevárselo. Aunque la calle estuviera encendida. Roberto es asmático, así que cubrieron su rostro con Maalox. Le pusieron un pasamontaña verde improvisado y le dijeron que corriera. Que no se detuviera por nada. En el trayecto entre la puerta del edificio y el carro, estacionado a tres cuadras, le tocó respirar gases lacrimógenos, ver a hombres y mujeres con molotov en la mano y a guardias vestidos de Robocop lanzando bombas lacrimógenas. Incluso, una vecina les echaba unas goticas de agua bendita a los poquísimos transeúntes que había, “para llevarlos con bien”.

En junio de este año, en dos sesiones separadas, se realizó una entrevista a 40 niños que comparten aula en un plan de tareas dirigidas en las tardes, en Chacao. La intención, explorar de qué manera los afectaron los acontecimientos que mantuvieron en vilo a este municipio desde el 12 de febrero de 2014; cuando sus principales calles y avenidas se convirtieran en campos de batalla diarios por enfrentamientos entre manifestantes e integrantes de los cuerpos de seguridad del Estado (Guardia Nacional y Policía Nacional).

Las preguntas fueron avaladas por psicólogos infantiles: ¿Qué pasó en Chacao?; ¿Cómo te enteraste de lo que pasaba?; ¿Quiénes estaban allí?; ¿Qué son las barricadas?; ¿Qué es para ti la Paz? y ¿Qué harías para ayudar a resolver este conflicto?. De los 40 solo uno manifestó que no sabía nada de nada y prefirió mantenerse al margen. Del resto, todos participaron. La mayoría (27) eran niñas y vivían en el municipio. Del total de entrevistados, solo 12 residían en otros lugares de la ciudad; pero su escuela o los empleos de sus padres quedan en la zona, por lo que igual se vieron expuestos a las bombas lacrimógenas, los insultos y la violencia cercana.

Grosería irrepetibles
Isabel tiene ocho años y vive en la zona. Asegura que ha visto la acción “en televisión y en la vida real”. Juega nerviosamente con un creyón rojo que tiene entre las manos. “Sabemos lo que pasa. Son problemas porque no hay comida, porque no hay agua, no hay luz”. Alonso (7) la interrumpe: “En mi casa se va la luz a cada rato. Nos quedamos a oscuras. Y me da miedo, tengo pesadillas”.
Ana (8), María (8) y Teresa (9) también quieren narrar . “La gente está protestando porque las cosas están caras”. Acto seguido los niños de mayor edad se embarcan en una discusión serísima sobre el precio de las chucherías en la cantina del colegio. “Antes con Bs. 50 podía comprarme una empanada, un jugo y un chocolate, ahora eso es imposible”, asegura María. “Tampoco se consiguen caramelos, ni Pirulín. A mi que me gustaban tanto”, dice Teresa, entorna los párpados en modo soñador, y revela así una nostalgia propia de una mujer de 50 años que recuerda a su primer noviecito de primaria.
El grupo quiere contar su experiencia. “Yo vi cómo los policías le pusieron las manos atrás a un estudiante y lo empujaron hacia el carro”, decía una; “yo vi cómo quemaban basura”, se adelantaba otro; “yo vi cómo detuvieron un autobús”, aseguraba Teresa; “yo leí unas grosería en contra (Nicolás) Maduro escritas en la pared, pero no la quiero decir porque no puedo”, dice Ana.
León (9), que hasta el momento había permanecido en silencio, levantó la mirada del cuaderno doble línea en el que adelantaba la tarea de matemáticas y afirmó: “esto es un como una guerra”. Andrés, (11), no pronuncia palabra. Se mantiene silente durante toda la conversación. Vive en uno de los edificios de la avenida Baralt. Los compañeros lo invitan a que comparta sus experiencias y él dice que no tiene nada que contar.
El único momento en el que mostró entusiasmo, es cuando los niños empiezan a contar sus encuentros con la inseguridad. No era una pregunta del cuestionario. El tema salió acompañado de los perdigones y las barricadas. Casi al unísono intentaban meter su historia sobre malandros, robos, atracos o violencia. “…Y entonces el malandro se acercó adonde estábamos nosotros y nos sacó un cuchillo afilado y nos…” demasiado detallado, María. Hora de cambiar de conversación.

Tan claros como gas lacrimógeno
Leidys (5) se estira sobre la mesa. Tiene la cabeza recostada en el brazo derecho. Se levanta como un resorte al preguntarle si saben qué es una barricada.“Yo sé. Las barricadas son dolores de barriga por estar comiendo chocolate”. Los otros niños la corrigen, pero nadie se burla. Hay un respeto tácito al otro que no se rompe en ningún momento. Luego, el grupo describe cómo han sido testigos de quema de basura, de desechos. Hasta han visto cómo hacen los “miguelitos”, pelotas de goma o papel forradas de clavos que se ponen en el pavimento para evitar el paso de los vehículos.
Luis, de 9 años, bromea. “Ya sé, las (em) barricadas son cuando te pones un barrica en el cuerpo y te vas dando vueltas para abajo”. Los otros celebran la ocurrencia, incluida Leidys. “Las guarimbas son bochinches que hacen los muchachos y dejan todo destruido. Y cuando gritan dañan el ambiente sónico”. Lena (5) dice que son acciones de estudiantes “que están brincando” y Margarita (5) lo lleva más lejos: “hacen cosas malas”.
Ana la interrumpe de inmediato. “No, los estudiantes no son malos. Son buenos, los que no tienen alma son los guarimberos”. Andrés le pregunta si los guarimberos no son estudiantes. Se queda pensando, duda. Al final responde afirmativamente, pero no sabe explicar la contradicción. Espontáneamente ninguno de los niños responsabiliza a la Guardia Nacional o a la Policía Nacional del conflicto. Pero una vez que estas figuras salen a colación, entonces se refieren a ellos con palabras como “miedo, susto, temor, no me gustan”.
Rosa (8) se arremanga el suéter azul marino. Habla con cautela. “Mi papá y mi mamá son chavistas, pero yo no soy ni chavista ni de la oposición. Yo soy yo”. Treinta segundos transcurren para que alguien retome el hilo de la conversación. Casi todos se identifican con la oposición. O más bien a sus padres. Aunque Luisa (8) sí dice directamente que le gusta Henrique Capriles y está de acuerdo con las protestas, a pesar de que no la dejan dormir.

Soluciones amables
“La paz es como refrescarse en la playa o en la piscina, aunque mi papá se hace el loco y no me la infla”, dice, con una sonrisa cómplice, Ana. Gisela es más gráfica (5) “para mi la paz es cuando me siento como un peluchito”. Pedro, más directo, (5) es algo tranquilo, sereno: “cuando puedo jugar sin que me molesten”. Ángel vuelve al tema de la entrevista: “estar en paz es estar sin que nadie haga bulla, ni lance bombas lacrimógenas”. “Ajá –reponde Fina (6)- que a uno lo dejen concentrarse para hacer las tareas”. Berta (5) junta sus manos y hace una figura cóncava. “La paz es un corazón”, dice sonreída. Su hermana, sentada al lado, la abraza. Y ¿qué harían para detener el conflicto?. “Bueno, les diría: o dejan la guerra o lanzo un disparo al cielo”, amenaza Luis.
A Claudia (11) esta repuesta la revuelve. “No, chico. ¿Cómo vas a decir eso? Yo les pediría amablemente que dejaran las protestas”. Clara (10) busca el punto medio: “yo les diría que hagan las cosas mejores, porque si no, las empeoran”. Tímidamente Antonio (10) levanta la mano. Los otros lo animan, le dicen que deje la pena de un lado. Que es importante que todos participen, que todos se expresen. “Bueno, yo les diría que apaguen el fuego y me dejen en paz”.

Derechos en pañales
“Protestar no es un derecho”, dice Mariana (10). Margarita (12 ) se revuelve incómoda en su asiento y la contradice públicamente. “Que los que protesten se vuelvan locos, no significa que no pueden protestar. Sí es”. La discusión sobre el concepto de Derechos Humanos (DDHH) se diluye en la cotidianidad de sus vidas. “Creo que es darle mi puesto en el metro a las personas discapacitadas”, lanza Alejandro (9); Jeison (7) lo secunda “o dárselo a una embarazada”.
Antonio hace una lista, una retahíla de cosas: “Uno tiene derecho a hacer las cosas que uno quiere hacer y la responsabilidad también. Estudiar, no faltar a clases por algo como que no me provoca, ayudar a los otros, ayudar al bebedero…jajajaja, no sé porqué dije eso”.
Adela (6) habla de los derechos de sus más cercanos. “Yo ayudo a mi mamá para darle un descanso porque ella trabaja mucho”, mientras que Pía (5) confiesa que no sabe. Mueve su cuerpo entero de un lado para el otro, con las manos detrás de la espalda y la cabeza gacha.
Juan (12) sale al paso rápidamente para compensar el silencio. “Es nuestro derecho estudiar. Y no lo tuvimos cuando faltamos cuatro semanas a clases por las marchas. Yo quería volver a clases porque son muy importantes. Mi papá siempre lo dice”. Una voz sin identificar le responde: menos la de matemáticas, y todos se echan a reír.
“Yo tengo derecho a jugar videojuegos”; “Yo tengo derecho a colorear, a sumar, a restar y a bañarme”; “yo después de hacer la tarea, a jugar”. Y por ahí se fueron. Enumerando cada uno lo que consideran debe ser respetado; parte de su integridad. Marcos (11) dice, después de un bostezo monumental, “yo tengo derecho a dormir en paz; a descansar en paz”. Ana casi no lo deja terminar la frase: “nooooo, si quieres tener el derecho de descansar en paz, es porque estás muerto”.

Frases desde la trinchera
-“Yo de grande quiero ser policía, porque si me van a pegar, le paro la mano y lo arresto”. José, 8 años.
-“Yo tengo derecho a que mi corazón se mueva a todos lados. Lo toco aquí y lo toco allá y le pregunto dónde estás”. Mauro, 6 años.“No me gustan las armaduras, siento que me dan miedo”. María, 6 años.

“Tengo miedo, preocupación, porque estoy en el colegio y siento que lo que pasa en el país está muy cerca de mis papás”. Valentina, 7 años.

“¿Quiénes son los responsables? Los marcianos y Maduro”. Adriana, 4 años.

-“No me gusta cuando atrapan a los muchachos porque me da susto que los pongan en la cárcel; pero sí a los ladrones”. Pedro, 6 años.
-“Las protestas son porque los políticos están locos”. Arturo, 8 años.
-“Mi papá y mi mamá son chavistas, pero yo no soy ni chavista ni de la oposición. Yo soy yo”. Rosa, 8 años.
-“No me importa si uno de mis amigos es chavista. Ellos son niños y no hacen nada”. Ana María, 8 años.

(Todos los nombres de los niños han sido cambiados).

Iniciativa Cunaguaro
Luego de los escándalos suscitados por la censura y la compra de medios de comunicación social por empresarios cercanos al Gobierno, un grupo de la sociedad civil decidió mostrar su apoyo a la libertad de expresión llevando adelante una iniciativa sin precedentes en el país: se reunieron y entre varios recaudaron recursos para financiar piezas de periodismo independiente para que circularan entre el público ávido de información. Este es el resultado de la primera de ellas. Surgió, además, como una alianza estratégica con Cecodap que fueron los que pusieron el tema sobre la mesa. El abanico de opciones está abierto, al igual que la disposición para seguir contribuyendo en acciones de este tipo.

La idea es que se le de la mayor difusión posible a estos trabajos para burlar los frecuentes obstáculos al acceso de la información.

Acerca de politikomreal (546 Artículos)
Somos periodistas, venezolanos, apasionados por la información. Nos encuentras en @PolitikomReal y en @LuzmelyReyes

1 Comentario en Así vivieron los niños las guarimbas en Chacao

  1. Que fuerte y triste leer el trabajo. Definitivamente la crisis del país nos toca a todos. Que triste

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