Venezuela: cultura de la muerte


Belsai Yanez – No es posible asignar a lo meramente circunstancial, los atroces crímenes que forman parte de la realidad social venezolana en los últimos tiempos. Asesinatos cometidos a puñaladas, acompañados de tortura, cuerpos despezados, Robert Serra, Enrique Franceschi, Eliecer Otayza, Maia Sardinha, Yesenia Mújica, son los casos más relevantes de este horror en el 2014, sumados a los miles de muertos por la violencia, anónimos en cuanto a hecho noticioso masificado, pero presentes en el dolor de sus familias.  Estamos ante escenarios que conducen a que el terror se hospede, en algunos casos, acompañado del “morbo”, en otros con la desesperanza y el desconcierto, en pocos, con clara conciencia, con entendimiento y fortaleza para desalojarlo. Es difícil elaborar psicológicamente el horror. Bajo el dominio del miedo continuo se produce una parálisis, no es posible pensar, la tendencia es a evadir o a congelarse.

Estamos ante asesinatos con violencia patológica grave, enferma, sin el más mínimo rasgo de humanidad. Para apuñalear a una persona, así como para desmembrarla, tiene que latir un odio inconmensurable, sólo que ese odio que parece personal y subjetivo, tiene como particularidad, que nace bajo circunstancias objetivas y colectivas. En los crímenes que han acontecido, no estamos ante Un criminal o Un asesino despiadado, estamos ante una cultura despiadada, una cultura de muerte.

En la violencia brutal e inclemente, la sociedad está representada, el criminal la encarna. También es una manifestación de la relación con los otros, de los vínculos afectivos y de la conexión con la humanidad y es, indudablemente, expresión de la propia realidad psicológica, descompuesta, cargada de odio e impotencia en niveles pasionales desmedidos, a tal punto, que la empatía y el derecho a la vida no tienen espacio.

En toda violencia se expresa el poder, la dominación. Requiere de la conversión psicológica del sujeto en objeto, más aún, cuando se manifiesta como un acto despiadado, bestial, sanguinario. En las ejecuciones aberrantes, como las que Venezuela ha tenido que conocer en los últimos meses, simbólicamente hay una destrucción de la condición humana, porque  el asesino al destruir al otro, se destruye a sí mismo, también deja de ser, se destruye como persona y como humanidad. Hendir una y otra vez, con fuerza, sin reflexión, sin contención, un cuchillo en otro cuerpo humano hasta despojarlo de la vida, bañándose de sangre, de muerte, así como el hecho brutal de descuartizar a alguien, son actos que sólo son posibles bajo una completa despersonalización del victimario (máquina de muerte) y en la mente de éste, despersonalización de la víctima que pasa a ser una cosa, un objeto destruible. Nadie es persona, ambos son objetos, todos son objetos.

Detrás de la destructividad despiadada coexisten la impotencia, la exclusión del hecho humano y el deseo de poder del impotente. Crecer en un país enfermo, en el que desde la familia hasta el Estado no sólo transmiten, sino que sobrevaloran el pragmatismo, el manejo amoral de la oportunidad, el desenfreno por la riqueza y el poder, la fuerza de la imposición y la degradación del otro, la aniquilación del adversario (real o simbólica), las mafias “exitosas”, el delincuente como modelo, es realmente abrumador, tóxico, deformante, criminal de lo humano que existe en cada ser.

La debilidad psíquica, la descomposición espiritual, no son condiciones aisladas. La deformación se encuentra en todos los niveles, es cotidiana, porque lo es la competencia incontenible por poseer negando al ser. La debilidad está adentro, es intrapsíquica y está afuera, en la sociedad. No hay un referente que contenga, mucho menos que facilite, que lo moral-humano se construya. La debilidad es muerte.

La violencia no nace de lo que llamamos “el corazón” de los seres humanos, la violencia está en el corazón de un sistema, en el que se despoja al ser de lo que crea, dejándole apenas lo que le permita subsistir y reproducirse, que lo obliga a competir con los otros para poseer lo creado por todos, en una disociada relación de anhelo de objetos que parecieran cobrar vida y dominarlo. La paz no puede convivir con la explotación, con el arrebato a otros de lo que producen, ni puede existir bajo este intercambio dónde las cosas simulan seres, mientras los seres se vuelven cosas. En esas iniquidades late la violencia, la que despoja y la que crece al ser despojado, la que deshumaniza. Para la paz, en cuanto a desaparición y ausencia de violencia, se requiere erradicar todo tipo de dominación.

Por otra parte, no es casual lo que habita en las entrañas de la violencia atroz: Una sociedad que refuerza, subrepticiamente, un modelo hedonista en el que el goce, el placer instantáneo, desenfrenado, constituyen una forma de  huir de la propia existencia; dónde el consumo de drogas, los placeres indómitos, son la ilusión de un escape del sufrimiento del no ser, escape en el que -contradictoriamente-  el ser pleno, creativo, solidario, transformador, se anula por completo, al aniquilar su identidad, y destruye sus vínculos, su esencia, su naturaleza.

Detrás de los actos de violencia repugnante tenemos una realidad palpable, cotidiana. El resentimiento profundo, un odio irracional que emerge de la convicción que la destrucción del otro diferente, es condición para la sobrevivencia. Clara  muestra de ello es la violenta y sanguinaria represión del régimen venezolano, la ensañada contra los jóvenes en las protestas, con un fin claro de exterminar, donde la muerte de Geraldine Moreno es emblemática: toda la saña de un Estado descargada en el rostro hermoso y en los sueños de una joven. Lo que son los asesinatos atroces, emergen también en la represión de Estado.

Sucede que este reino de injusticia poderosa ha engendrado muchos, demasiados monstruos. Las condiciones que pululan en la Venezuela actual son manifestaciones agudas de un sistema que deshumaniza, que despoja. Es un régimen que eleva a niveles superlativos todos los males, por eso degrada, para reducir y dominar. Descarga las culpas y proyecta sus trastornos en los otros sin las más mínima vergüenza; oculta las faltas en monumentales mentiras que se vociferan sin tapujos y esgrime la ley como enorme falacia; maneja a su antojo la impunidad, las leyes, los poderes, urde una paz que es un espectro para ocultar una truculenta historia de armas, “colectivos”  y  crímenes, de engaños, de disfraces, en la que los que ponen el “orden” y la disolución delictiva, son una unidad indisoluble que intercambia roles y solo se diferencia por una “chapa” o un uniforme circunstancial.

El régimen en Venezuela es un sociópata sin contención, sin barandas, armado, que es capaz de cualquier cosa por salvar su pellejo. Como Estado necrofílico, su cultura rinde adoración a la muerte y la destrucción. Ejerce, abiertamente su poder mediante la dominación aplastante que se mueve en permanentes atropellos, con un doble discurso en el que la perorata de la paz es un campo de guerra sin camuflaje, en que la ley es excremento maleable, en el que la satisfacción de las necesidades básicas se ha convertido en una cruzada en la que la muerte deambula amenazante. Aniquilar para sobrevivir, destruir para dominar, no para construir, la cultura de muerte está en los asesinos y en la sociedad, se nutre del miedo, lo institucionaliza para hacer perdurable la dominación. Venezuela está paralizada, está sujeta al horror, pero hay que empezar por romper el miedo para transformar, para que renazca la vida.

Por Belsai Yanez (Psicóloga clínica)

@BelsaiYanez

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